Desde mi celda doméstica
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miércoles, 12 de agosto de 2015

FLORECILLAS ALFONSINAS (Capítulo Sexagesimotercio)



Capítulo LXIII


Viaje a Zaragoza y Alicante

En mayo de 1996, la abadesa de Osuna (Sevilla) había invitado al padre Alfonso al Novenario de Santa Clara, pero le fue imposible.
Estaba dedicado, como apunté más arriba, a atender las “ovejas” que él creía haber perdido desde su asunción del matrimonio. Alguna de ellas obligó a que hiciera esta oración: “Señor, no permitas que el remedio sea peor que la enfermedad. Si confía en Ti, dale la fortaleza para perseverar. Si no confía suficiente, házselo ver.”
El día 16, anota en su diario: “Ningún día, Señor, sin alabarte, sin darte gracias por todo. A veces, da la sensación de que se cae la casa, zarandeada por nuestros fallos, faltas de fe… pero no puede caerse por estar cimentada sobre Ti y tu amor. Gracias, Señor, porque me concediste el don de ser paciente, aunque no completo, pues se me rebela, a veces, lo más profundo de mi ser. Sé que, por encima de todo, amo tu paz, ese solaz del corazón, donde puede reflejarse tu rostro y mi conciencia.”
El 22, apuntará: “Seños, a veces ayudamos a que se Te siga, y no somos lo suficientemente humanos en comprender. Que seas Tú, verdaderamente, el centro de cada vida. Que tu Espíritu nos invada y dirija en cada momento.”
Como en la Notaría se iba a hacer cargo, también, de la facturación, se le notaba harto de ese mundo. Y grita en su interior: “Señor, ayúdame a serte fiel cada día. Que no se rían de Ti los que no tienen tu amor. Lo malo no es que haya rosas con espinas, sino que las espinas no tengan rosas.”
El 29, tras una larga jornada laboral, deja escrito en el diario: “Señor, ¿qué va a ser de mí, de mi vocación, de mi respuesta a tu llamada? Dame luz y fuerza. ¡Me gustaría tanto agradarte en todo! Que no me sienta defraudado en mi amor a Ti y a los hermanos.”
Mayo lo cierra con esta reflexión: “Aunque la vida, generalmente, es corta, Señor, un año tuyo da mucho de sí. Gracias por éste, aunque cargado de sufrimientos e incomprensiones por doquier. Pero, también, de conquista del propio espacio, de reafirmación de la vocación, de claridad en suma. Gracias, Señor.”
En junio del 96, subraya esta frase: A la persona de Jesús no se llega llevando como trasfondo la incredulidad ni los cálculos matemáticos.
El día 4, hace esta confesión: “Soy un pecador, Señor, y no de acciones externas o hacia los demás, sino de los peorcitos, de los de adentro, donde el orgullo anida torpemente.” Y, páginas después, subraya: El mayor error del ser humano es no querer arriesgar su vida por amor.
El 9, domingo, estaba con la familia en Zaragoza. Le habían invitado unos amigos de su época de Teruel. Visitó El Pilar para dar gracias. Allí pronunció esta oración: “Señor, tienes que fortalecer los pies de quien, por Ti, empieza a caminar.” Porque, dejó subrayado: Anunciamos en la medida en que somos.
Entretanto, la Sociedad Bíblica le pedía colaboración para un nuevo programa de difusión de la Biblia Interconfesional. Siempre estuvo dispuesto para tareas de esta índole.
Su amiga Alicia, la mujer aquella que le rogaba se metiera en política, había caído gravemente enferma. Tras varias llamadas a su casa de Alicante para interesarse por su salud, decide ir a despedirse de ella, aprovechando un viaje a Cehegín. Aquí, se hallaba enferma otra amiga de casa, Casilda. De modo que este segundo viaje estaba enmarcado en la misericordia. Y, el 25, exclama en su diario: “Es verdad, Señor. Por el camino ancho vamos la mayoría. Si tu misericordia no se las ingenia, ¿quién alcanzará la salvación?” 
Casilda curó sorprendentemente de su afección pulmonar, llegando con el tiempo a ser la viuda de su esposo Paco Alfonso, amigo de papá y cantante extraordinario. Alicia, en cambio, se fue apagando poco a poco y, cuando la visitó mi padre, el 29, ya estaba moribunda. La confortó y le hizo la recomendación del alma. Dos días después, pasó a las moradas eternas, acompañándola los ángeles de Dios, pues su vida fue igualmente angelical.
Mi padre escribía en su diario: “Sé Tú, mi buen Jesús, el Señor de mi vida. Apodérate de mí completamente, y de cuantos me has confiado.”



Vacaciones para la meditación

Julio de 1996 lo abría el padre Alfonso así: “Señor, ¡qué difícil el corazón humano! ¡Cuántos recovecos, cuántos pliegues, cuánto misterio! Sí, Jesús, todo es limpio para los limpios.”
El día 5, marchaba a Cehegín con un cargamento de ropa para los más necesitados. Regresaría a Madrid el 7 para seguir trabajando. Nosotros continuábamos las vacaciones durante dos meses.
El 9, escribe: “¡Que complejo el mundo humano! Pero ¡gracias por todo!”
Añadiría el 11: “Señor, no sé hacer más, si Tú no iluminas mi mente y corazón, y si no me das la fortaleza y el coraje para realizarlo.”
Los fines de semana de julio bajaba a Cehegín para estar con todos nosotros.
El 23, por la tarde, mantuvo una entrevista con Martínez Gil. Quedó muy impresionado y pidió al Señor que le ayudara. Cumplir la voluntad del Padre implica al hombre completo, subrayaría en su agenda.
El 26, anota en su diario: “Señor, sé Tú, y solamente Tú, el guía de mis pasos. Los hombres me acechan, unos con buena voluntad, otros no. Si todo nos habla de Ti, Señor, que sepamos escuchar tu inconfundible voz. Sé, Señor que algo tramas en la tarde de nuestra vida. Hágase, por fin, tu voluntad.”
Y así se cerraba julio.
Agosto del 96, ya en Cehegín, iría con frecuencia a Caravaca, a unos seis kilómetros de su pueblo natal. La huerta, los amigos, la música, las compras, las visitas, la festividad del Cura de Ars, las eucaristías familiares, la ayuda en los arreglos de la casa del molino harinero, la pintura de las sillas, las comidas, las conversaciones, las clases de alemán y de latín… Todo eso, y más, componía un cuadro estival envidiable.
Pero papá subrayaba en su agenda: Esta es la línea de actuación de Dios en Jesús: solicitud con los más débiles, proclamación del valor único de la persona hasta el punto de salir a la búsqueda de quien se haya extraviado.
El 21, hubo una excursión hasta la Ermita del Cristo del Rayo, en Moratalla, y al Santuario de la Virgen de la Esperanza, en Calasparra. Y, al día siguiente, otra a Lorca. Y, el 23, a Callosa del Segura, Orihuela y San Ginés. Los amigos nos recibían con los brazos abiertos. Mi padre volvía a recordar lugares entrañables de su pastoreo de antaño. Luego, subrayó esta reflexión: Si nosotros nos hemos convertido en un obstáculo para la fe de otros. ¡ay de nosotros! De ahí que no desaproveche ocasión para volver al diálogo, al buen consejo, a la preocupación espiritual de los que en otro tiempo le fueron confiados.
El 29, visita rápida a Granada, deteniéndose en La Alhambra y La Cartuja.
Agosto se cierra con la conversación que mantiene con su sobrina Isa, tras la cual subraya en su agenda: El que responde al Evangelio ha emprendido un camino a contrapelo de este mundo. Y remata: “Tú, Señor, tienes la clave.”
Como, al día siguiente, hacía 42 años de su ingreso en el seminario franciscano, dice que el Señor le sedujo y él se dejó seducir. Y seducido está. Eso explica sus palabras, sus lecturas, sus escritos, su mirada. Sí, está seducido por Dios.
El 3 de septiembre recibe una carta de un preso en una cárcel de Tailandia. Le pide a papá que le envíe revistas y libros en español. Le contestó animándole a encontrarse con el Señor, única libertad de nuestras vidas.  El 17, volvía a recibir carta de este encarcelado, que saldría de la prisión el 11 de octubre. Cuando el padre Alfonso invita a alguien a que se encuentre con el Señor, entonces intenta pasar él a un segundo plano, pidiéndole que Él sea el Señor de esa vida y de cada vida. “Sea tu gloria, Señor, el único móvil de nuestra vida”, escribía el 10 de septiembre del 96.

En alabanza de Cristo. Amén.

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